Una botella de licor, un puñado de drogas son la solución perfecta a la amargura de las calles, o eso creen ellos, los desechables. Son humanos, seres deshumanizados, personas que encuentran su salvación en la desgracias, humanos de todos modos.
Entre pistolas y delitos viven, entre desgracias y pecados mueren, no hay familia, no hay amor, sólo existe nada, no hay nada.
Los desechables de hacen llamar, lo despericios de la sociedad, los nada del mundo, los mendigos de la ciudad.
Corazón, ya no lo tienen, imposible les fue conservarlo, ahora viven al son una máquina que resuena al compás de sus desdichas y le obliga a seguir viviendo, a seguir sufriendo. Si tan sólo pudieran arrancárselo y con él todos sus infortunios...
Nadie los toma en cuenta, a nadie le importa sus noches, acompañadas de su botella, su mayor desgracia.
Porque ellos saben, a veces, la vida es justa, simplemente se desperdician la oportunidades que esta brinda, sin distinción, y las dejan correr con el río, hasta desembocar. Y morir.
Morir como ellos, morir sin causa y sin rumbo. Únicamente morir.

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