
" Llorar, sí; pero llorar de pie, trabajando; vale más sembrar una cosecha que llorar por lo que se perdió. "
Y por mi vida han pasado tantas cosas estas últimas semanas, que en este instante siento la imperiosa necesidad de escribirlas, de desahogarme.
Tranquilo, triste corazón, no llores más, que estaremos bien. No recorran, ustedes, sin permiso y sin razón, mi rostro.
Yo más que nadie entiendo eso de los cambios, a mi más que a nadie le cuesta acostumbrarse a ellos. Es difícil, pero comprendo que son para mejor.
Nadie, nadie, absolutamente nadie, puede sumergirse en su propio mundo de tragedias, todos tenemos el derecho de emerger del mar de tristeza en el que solemos hundirnos.
Y aquí, no tengo un espejo a quien mentir, confesándome mis pesares y mis orificios repletos de cariño, vacíos de alguien especial. Pero hay quien poco a poco se cuela, despacito, casi imperceptiblemente, que para cuando quiero darme cuenta es indispensable en mi vida.
Doloroso es, sentirse despreciado, sentir que alguien querido te repudia, pero gatificante es verse inteligente, saber que las elecciones realizadas son correctas, y que van a conducir a un mejor lugar, que ese camino -la alegría reinando- culminará en el cumplimiento de los sueños.
Ah, pero la recuperación es rápida, a pesar de que hay instantes en que la melancolía invade por completo, los superan por en crecer aquellos en los que es unevitable que las carcajadas a mandíbula batiente, que la sonrisas de oreja a oreja de reflejen en los ojos.
Muchos pesares, muchas confesiones ocultas de han ido revelando a lo largo de estas palabras, mucho me he desahogado y una tranquila sonrisa se exhibe en mi rostro.
Y por más personal y absurdo que suene, por más infantil e inmaduro, por más poco reelevantey -probablemente- desagradable, quiero dedicar una gracias anónimo, a ti, amiga, porque yo sé que si algún día se lee, sabrás que a ti me refiero. Tqm.

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